Otra vez, La Habana

El viaje hasta La Habana no tuvo ningún tipo de contratiempo, fue fácil, y la ruta (todo autopista) muy directa.
Vimos vendedores ambulantes, que se exponen bastante para ofrecer sus productos (quesos, dulces) al paso de los autos. De todos modos, no vimos nadie andando demasiado rápido.
La entrada a la ciudad de La Habana se nos complicó sólo un poquito, porque no sabíamos por que calle o avenida "convenía" entrar, pero llegamos bien, un poco gracias al mapa (No teníamos uno detallado de los alrededores) y otro poco, como siempre, preguntando.
Cuando finalmente encontramos la casa adonde nos dirigíamos, la sorpresa fue bien agradable, ya que era una casa grande y muy bien cuidada. Esta vez, no había más contacto previo que una llamada telefónica, habíamos sacado los datos de este Sr. de una página web, y resultó ser una persona muy agradable, instruída, viajada, y que nos hizo las cosas bien fáciles.
Estábamos en pleno Vedado, un barrio muy bonito, a metros de la Avda. de los Presidentes, que es también muy hermosa. Vean la foto de la casa, y el auto que alquilamos en la puerta:



Teníamos aquí dos habitaciones, una a cada lado de la casa, con entradas y baños independientes. Nosotros pasaríamos una sola noche, Raquel y Ariel, tres.
Nos quedaba sólo un rato para pasear por allí, cosa que hicimos con ganas: caminamos por el Malecón, comimos algo, y a dormir, que a la mañana debíamos madrugar para ir al aeropuerto a entregar el auto y tomar nuestro vuelo de regreso.
Antes de acostarnos, se me ocurrió salir a comprar un agua mineral para tener a mano. Era tarde ya, debí caminar unas 7 cuadras (terminé comprándola en un cabaret). Pero fue grande la sorpresa al encontrarme con que a esa hora, la Avda de los Presidentes se encontraba colmada de jóvenes. No había un banco libre, estaban en ruedas sentados en el pasto, caminaban de acá para allá, había mucha música, guitarras, grupos por doquier. Era como una fiesta realmente, y todos parecían pasarla muy bien, y sanamente. Me gustó mucho, y si bien no era exactamente lo mismo, me recordó mucho a la Plaza Juvenil que habíamos visto en Santiago, de la que ya hablé.
Ahora sí, nos íbamos a dormir, no sin antes saludar al dueño de casa y al "cuidador", un hombre que pasaba la noche sentado en el hall de la casa, cuidando el auto, y al que debíamos entregarle las llaves de la habitación por la madrugada, cuando nos fuéramos.
Nos ayudó a cargar el equipaje, y a abrir y cerrar el portón cuando nos fuimos. Encontramos rápidamente el camino al aeropuerto, cargamos combustible por el camino, para entregar el auto con el tanque lleno, y llegamos, tan sólo preguntando dos veces, a la terminal indicada del aeropuerto José Martí. Pero eso, merece un capítulo más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario