Ya habíamos estado en esta ciudad, como dijimos, en 1994, en pleno período especial. Hoy día, esta parte de la ciudad está mucho mejor que entonces. Hay hermosos edificios antiguos que han sido reciclados, algunos son hoy museos, otros hoteles y otros, organismos oficiales.
De los Hoteles, destacan especialmente el Florida, el Sevilla y el Hotel de los frailes. Y por supuesto, el tradicional Hotel Nacional.
Todos son maravillosos, pero de precios elevados.
Los museos que pudimos ver: el de la Real Fuerza, realmente muy interesante, frente a la Plaza de Armas. Y el Museo de Arte que funciona frente a la Plaza de San Francisco de Asís, en lo que fuera un convento franciscano, adonde bien vale llegarse tan sólo para recorrer sus jardines y perderse un rato en su increíble tranquilidad.
El circuito turístico obligado recorre las cuatro plazas de la Ciudad vieja. Cada una tiene su encanto.
Un paseo muy lindo, en el que vale la pena hacer hablar un poco al cochero, es el que se hace en carrito a caballo. Si el conductor le pone buena onda, el paseo se hace muy entretenido. A nosotros nos llevó Roberto, un veinteañero gustoso de estar en La Habana, que nos contó que no tenía ninguna gana de irse a otro lado, ni siquiera para conocer, porque "acá, en La Habana, lo tengo todo".
Un atractivo novedoso y que vale la pena conocer, es la cámara oscura, que está justo en la esquina de una de las plazas. Visítenla, no se arrepentirán.
Un lastre que el turista no puede sacarse de encima en La Habana, es el asedio de los pedigüeños: suelen ser molestos con su insistencia: piden algo, cualquier cosa: bolígrafos, caramelos, una ropa, una hebilla, dinero, lo que sea.
También están los que ofrecen: habanos, ron, alojamiento, transporte o guía. Creo que la mejor manera de sacárselos de encima es responder cortésmente pero en forma tajante "no me interesa" o "no, no tengo nada para darte". El último recurso: llamar a un policía, que hay muchos, e instantáneamente desaparecerá.
Hicimos tiempo así hasta el 31, día en que por la mañana encontrábamos a Raquel y Ariel, y por la tarde, debíamos partir hacia el destino tan deseado: Santiago y su fiesta.
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