Hace tiempo que veníamos barajando la posibilidad de retornar a Cuba. Queríamos ver cómo había evolucionado la revolución en estos años.
La habíamos conocido en forma muy parcial, y en pleno período especial, cuando Cuba pasaba unas carencias enormes, y recién iniciaba el despegue del turismo internacional y su etapa de desarrollo sin la asistencia de la Unión soviética.
Tenemos amigos cubanos, residentes allá, y queríamos ver como había evolucionado su situación, con nuestros propios ojos.
También se cumplían 50 años del triunfo de la revolución. Prometía ser un fenómeno sociológico digno de verse. Había que estar, me dije a mi mismo.
También se dio la particular situación de que en el 2007, por problemas de salud muy serios de mi parte, debimos suspender otro viaje que ya teníamos planeado, armado y pagado, y nos habíamos quedado con las ganas de viajar.
Era la oportunidad del desquite, después de las cirugías, internaciones, quimioterapia, y posterior recuperación, el momento parecía ser el más adecuado.
Mi nueva condición de celíaco, y las limitaciones alimentarias que ello conlleva, podían ser un obstáculo. Me lo planteé como un desafío. Sería un buen ensayo para otros viajes posteriores, más complicados.
Decididamente, yo tenía muchas ganas de ir. Elisa estaba un poco temerosa por mi situación, y no le gustaba mucho la idea de ir en un momento tan especial, donde iba a haber muchísima gente por los festejos, y encima teniendo que dejar a la familia lejos, en una fecha en que siempre estuvimos juntos: Año nuevo.
La convencí, y así se fue armando la cosa.
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